Nicanor Molina Domenech: periodismo popular para la memoria histórica

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En el mundo de la prensa escrita no solo deben ser recordados los periodistas de élite o que han pasado a la fama por su destacada trayectoria. Afortunadamente otros también han desarrollado durante su vida una excelente labor periodística y por ello merecen recibir un especial reconocimiento. Este sería el caso de Nicanor Molina Domenech. Nacido en Colera (Girona) el 24 de noviembre de 1923, a los 19 años de edad ingresó al cuerpo de la Guardia Civil, abandonando al poco tiempo. Entre 1949 y 1961 trabajó en la compañía de Tranvías de Barcelona en calidad de cobrador. Posteriormente ejerció de guardia civil de tráfico y finalmente como guardia urbano en L’Hospitalet de Llobregat a partir de octubre de 1961, al lado de la Fundición y Talleres Samper, pasando después a las oficinas de la Guardia Urbana en 1966. Y desde marzo de 1968 ejerció en Sant Feliu de Llobregat.
Paralelamente a sus obligaciones profesionales, se dedicó con amor y constancia a escribir en los medios de comunicación de prensa, haciéndolo habitualmente en los periódicos “ABC”, “Diario de Barcelona”, “El Noticiero Universal”, “Hoja del Lunes”, “La Prensa”, “La Vanguardia Española”, “Solidaridad Nacional” y “Tele/eXprés”.

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Sus artículos, puro reflejo de su vocación periodística, nada tienen que envidiar a los publicados por periodistas profesionales teniendo en cuenta que su formación fue completamente autodidacta. Si en algo merecen destacar es por el hecho de ser de opinión, algo complicado de hacer en aquellos tiempos teniendo en cuenta que el ojo de la censura estaba siempre al acecho. Su trabajo significó una interesante y singular aportación a la memoria histórica local, a la vez que un reflejo tanto de aspectos de la vida cotidiana como de algunos hechos significativos, a menudo con un recurrente tono irónico o incluso crítico.

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Su aptitud literaria la inició en la década de los años cincuenta, una época periodísticamente difícil, a caballo entre la prensa profundamente orientada a la propaganda del régimen franquista de los años cuarenta, y la prensa más aperturista a raíz de la Ley de Prensa de 1966. Todavía regía entonces la Ley de Prensa de 1938, pensada para el control férreo de las publicaciones. Eran los tiempos caracterizados por la censura previa y las llamadas “consignas” a través de las cuales el Ministerio de Información y Turismo podía ordenar la inserción de artículos, incluso de editoriales, con una determinada tendencia o contenido. Las cabeceras de los periódicos representaban la mínima pluralidad consentida entre las distintas familias del régimen. Tal era el control que poseían, que no sólo se censuraba lo que no convenía dar a conocer, sino que se obligaba a publicar lo que el poder quería en el momento indicado.

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Además de colaborar en los citados periódicos, fue colaborador gráfico y literario en “El Correo Catalán”, escribiendo en una sección llamada “Barcelona al día” donde a través de una foto y un breve comentario se daban a conocer aspectos del día a día de la ciudad relacionados con elementos urbanos, sucesos, civismo y vida cotidiana de las personas. Pocos periodistas fueron capaces de acercarse tanto a la ciudadanía como él, intentando transmitir a los lectores el sentimiento humano en relación con su entorno inmediato, ofreciendo una visión objetiva de la realidad tal y como era, con sus bellezas y sus miserias. En aquel periodo el director de dicho periódico era el periodista, abogado e industrial Claudio Colomer Marqués, un tradicionalista que estuvo al cargo de la editorial entre 1945 y 1959.

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Disponer de una sección fija en un periódico no era sencillo sino más bien privilegio de los periodistas de renombre o de los cronistas oficiales de la ciudad. Sin embargo, él lo consiguió gracias a sus contactos personales, al interés que despertaban sus escritos y a la presencia de jefes de redacción con una actitud relativamente más benévola y flexible, los cuales se mostraron favorables a introducir un toque especial y diferente que rompiera con la monotonía autoritaria. Y todo ello fue muy meritorio para un hombre sencillo y humilde como Nicanor Molina Domenech, en un contexto bajo el cual la figura del periodista era simplemente el de una persona que sólo tenía por misión el tener a “la verdad, a la patria y al servicio de ésta como principal objetivo”.

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Su anhelo por la libertad de expresión y de información en plena dictadura se vio también reflejado por su intento parcialmente conseguido de publicar un boletín informativo para los empleados de Tranvías de Barcelona, llamado “El Trole”. Se editó entre los años 1952 y 1954 de forma autogestionada, pero los estragos de la censura le obligaron a renunciar.
A partir de la década de los años sesenta el panorama mejoró un poco. El ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne impulsó la nueva Ley de Prensa de 1966, que abolió la censura previa y las “consignas”. Sin embargo, siguió prohibida la publicación de ciertas opiniones, especialmente la crítica abierta del régimen. Además, se reforzó el principio de la responsabilidad civil e incluso penal de los redactores que infringieran las disposiciones de la ley. De esta forma, se pretendió sustituir el sistema de censura previa por un sistema de autocensura de los órganos de prensa. No obstante, durante los próximos años, ya a principios de los años setenta, varios periódicos trataron de explorar los límites de la nueva libertad de expresión a través de textos provocadores y críticas más o menos encubiertas del régimen. Durante los últimos años del régimen, también los periódicos más establecidos aprovecharon el relativo liberalismo de la Ley de Prensa de 1966 para diversificar el discurso político y criticar (aunque siempre de forma moderada o solapada) las políticas del régimen.

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A partir de 1966 empezó a colaborar en el diario “Tele/eXprés” con motivo de su recién salida en los quioscos de prensa, siendo el primer periódico de iniciativa privada del franquismo con un aire rompedor que lo convirtió en un referente en aquella ansiosa Barcelona, culta, politizada y divertida de finales de la década de los sesenta y los setenta. El tono informativo riguroso se alternaba con una opinión desenfadada y provocativa, hecho que fidelizó a un público ávido de modernidad. Sin embargo, Nicanor Molina Domenech ya se había avanzado una década y media antes con sus visiones goyescas de la ciudad y sus ironías, denunciando situaciones de injusticia, a menudo desafiando los límites de la permisividad.

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Paralelamente, debido a que una parte de su vida estuvo vinculada con Sant Feliu de Llobregat, ello lo llevó a escribir diversas crónicas sobre este municipio entre los años 1969 y 1995, llegando a ser corresponsal para la Agencia EFE. Sus aportaciones periodísticas lo convirtieron en toda una institución de la capital del Baix Llobregat, siendo un personaje muy querido por la sociedad santfeliuense. Actualmente el Arxiu Comarcal del Baix Llobregat conserva el fondo documental que el mismo Nicanor Molina Domenech cedió. En la página web http://canals.fetasantfeliu.cat/ hay una interesante recopilación de artículos suyos.

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En la actualidad, a sus 91 años de edad vive en una zona residencial de Vallirana, pero siempre conectado con el mundo. Nosotros reivindicamos sus excelentes y valientes aportaciones periodísticas a la memoria histórica de Barcelona, L’Hospitalet de Llobregat y Sant Feliu de Llobregat.

En la prensa de aquel día...

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