Hace ahora cien años cuando el terror acechaba por nuestra calle

La calle donde se ubica nuestra tienda de periódicos antiguos tiene mucha historia. Hoy día es un vial peatonalizado de ambiente multicultural lleno de vida social gracias a los numerosos comercios singulares y locales de ocio y restauración que han abierto recientemente. Antaño era la calle de Poniente, pero luego a petición del Centro Social Aragonés adquirió en el año 1923 la actual denominación del político, jurista, economista e historiador Joaquín Costa.
Entre las diversas historias que se podrían contar, existe una crónica negra relativa a unos sucesos acaecidos justo ahora hace cien años. Nos referimos al caso de Enriqueta Martí Ripollès, apodada como la Vampira de Barcelona o la Vampira de la calle Poniente, y que tanto aterrorizó a las clases populares del Raval, entonces conocido como Barrio Chino.
La figura de esta mujer que respondió a una época en la que los ricos eran muy adinerados y los pobres extremadamente miserables, contribuyó a salpicar la imagen de Barcelona con una historia silenciada durante mucho tiempo. La capital catalana logró el triste récord de haber tenido la asesina en serie más mortífera y sanguinaria de la historia de España. Londres tuvo al mítico asesino de prostitutas apodado como Jack el Destripador, y Dusseldorf tuvo a Peter Kürten, un asesino de niños que posteriormente inspiró a Fritz Lang para su magistral película “M”. Y en este aspecto, precisamente y para desgracia de muchos, no hemos sido diferentes.
Enriqueta Martí fue un producto resultado de un sistema social muy desigual y deficiente, pues aunque de hecho ella ya llevaba innata su maldad, el comportamiento corrupto y perverso de determinados sectores de las altas esferas barcelonesas fueron el detonante del posterior holocausto que tanto aterrorizó al vecindario del barrio entre los años 1909 y 1912. Por aquél entonces se hablaba del llamado “carruaje de la muerte”, es decir, unos carruajes donde supuestamente se secuestraban a los niños, eran llevados y sacrificados, y luego se les sacaba la manteca y la sangre para confeccionar productos varios como ungüentos, pomadas, filtros, cataplasmas y pociones.
Enriqueta Martí empezó de muy joven como niñera y luego en el servicio doméstico. Según palabras de ella misma cuando la interrogaron tras su detención, viendo que sus amos eran “más viciosos de lo que ella era”, la animó para dedicarse a la prostitución. Dada la penuria económica, pasó de prostituta a proxeneta montando un burdel para pedófilos y pederastas en la calle Minerva de Barcelona durante un tiempo indeterminado, siendo quienes ejercían la prostitución niños y niñas de 5 a 15 años de edad. Ella era una mujer que de día se disfrazaba de pobre y se dedicaba a mendigar por las calles. Con estos niños que raptaba de noche, iba con ellos a los lugares más pobres de la ciudad, a los comedores sociales y a los centros de asistencia, porque así inspeccionaba cómo funcionaba este mundo. Veía qué niños estaban más abandonados y cuáles podía secuestrar. Durante la noche vestía como una mujer de la alta sociedad, con gasas, sedas y tocados. Acostumbraba a frecuentar principalmente el teatro del Liceo y el casino de la Rabassada, donde contactaba con los cocheros, veía a la gente rica y ponía en contacto el mundo hambriento de los niños con el mundo de los ricos que deseaban a estos niños como materia de consumo para fines sexuales.
Paralelamente, Enriqueta Martí había aprendido a elaborar pócimas de tipo curativo y ungüentos. Su psicopatía terminó derivándola hacia la criminalidad, por lo que empezó a asesinar sin ninguna clase de compasión o arrepentimiento a sus víctimas infantiles y de ellas extraer la sangre, la grasa, los cabellos y los huesos para reciclarlos en supuestos medicamentos y cosméticos que vendía a la burguesía, la cual llegaba a pagar grandes sumas de dinero. Se sabe que en algunas casas señoriales donde ella iba a ofrecer sus mercancías se efectuaban todo tipo de rituales de sublimación de la sangre, con pócimas que las hervían y las daban de beber a la gente que tenía enfermedades venéreas.
Sin lugar a dudas, se trató de una mujer inteligente, fría y calculadora, astuta y seductora por su capacidad de secuestrar, explotar y asesinar a niños y niñas sin que el pulso le temblara, y por haber conseguido trabar con gente rica y ganarse un respeto teniendo en cuenta que procedía de las más bajas esferas sociales, un mérito solo al alcance de muy pocos. Enriqueta Martí fue un monstruo, pero quienes estaban tras ella fueron los auténticos demonios, moralmente peores por consentir, aprovechar y encubrir lo que estaba sucediendo. Tras la muerte de la Vampira de la calle Poniente, el 12 de mayo de 1913, linchada por sus compañeras de prisión de la desaparecida cárcel de Santa Amalia que posiblemente habían sido pagadas para hacer el trabajo sucio, consiguió que esa corrupta burguesía quedara impune de su complicidad. Nunca se supo qué personajes importantes de nuestra historia participaron en esas orgías con menores y quienes consumieron como vampiros sus esencias.
El 10 de febrero de 1912 secuestró a su última víctima, Teresita Guitart Congost, que afortunadamente sobrevivió al holocausto gracias a que fue vista en una ventana desde la calle de Poniente por una vecina que alertó de ello. El día 27 del mismo mes y año la policía se presentó al domicilio, sito en el número 29 de la citada calle. Se descubrió el macabro espectáculo y se puso fin a la historia de terror.
En el piso de la calle de Poniente, además de hallarse ropas ensangrentadas, huesos y frascos con sangre coagulada,  también se halló un antiguo libro de notas con tapas de pergamino donde había escritas recetas y pociones con una caligrafía muy elegante, un paquete de cartas y notas escritas en lenguaje cifrado y una lista con nombres de familias y personalidades muy importantes de Barcelona, los clientes ricos que no pagarían por su corrupción de menores o por la compra de pociones y cosméticos. Su mejor protección era el hecho de ser ricos. Los vampiros pudieron respirar tranquilos en sus guaridas señoriales. No habría motín popular ni escándalos.
Actualmente, el piso del número 29 de la calle de Joaquín Costa se presenta discreto y en el anonimato en medio del bullicio popular y la vida comercial. Trascurrido un siglo no quedan testigos vivientes de las últimas palabras de la Vampira de Barcelona en el momento de su detención y traslado a las dependencias policiales para declarar por su docena de asesinatos: la sangre es la fuente de la vida.

En la prensa de aquel día...

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